Blanca.

De cuando en cuando se cruza en nuestras vidas alguien que nos atrae y nos deslumbra.
A veces nos podemos preguntar el por qué, pero casi siempre (como polillas inconscientes) preferimos dejarnos cegar por la luz de forma instintiva e irreflexiva.
Carpe diem.

 Esta mañana nos deparó la noticia de la muerte de Blanca Bóveda “la musa de la generación perdida de Arousa” y, con esa noticia, los inevitables recuentos y recuerdos.

Los recuentos son rápidos y brutales: quedan muy pocos de aquellas pandillas que se dejaron deslumbrar por la luz del recién desembarcado polvo blanco en las noches y las playas de Arousa.

Los recuerdos sí que pueden ser numerosos y de variados colores. Cada cuál aportará los suyos.

A Blanca se la describe en esos recuerdos como rubia y muy guapa. Estoy seguro que los que la conocieron de cerca, en aquellos días de juventud y descubrimiento, tendrían mucho más que añadir y que, además de su belleza, hablarían de ganas de vivir, de encanto, de magnetismo sexual, de complicidad, de … , de todos y cada uno de esos rasgos que convierten a una persona en “musa” o líder o inspiración o lo que sea que provoca que se orbite a su alrededor, que se busque su compañía, su atención, sus favores, …

Montones y montones de recuerdos acumulados en pocos años de vidas quemadas a toda prisa, esparciendo a su alrededor momentos de alegría y años de desesperación.

Y, en medio de tantos recuerdos, yo rescato el de otra Blanca, algo distante en el espacio, pero coincidiendo en el tiempo y en la figura.

Era esta Blanca también, morena y muy guapa, la musa de las pandillas de su entorno. Asediada y agasajada por los más altos y hormonados de los que se cruzaban en su camino; centro de fiestas y guateques; apurando la vida a través de la noche hasta el alba.

A mí me pillaba, con unos años de diferencia, todavía entrando en esa convulsa y confusa etapa mal llamada adolescencia. Y me deslumbraba, claro que sí. Me deslumbraba como nos deslumbra la luz de una farola: allá arriba, inalcanzable fuera de todo intento o pretensión.

El destino, que se divierte jugando con sus herramientas (una parada de bus, un pinchazo de la bici,…), nos deparó, una tarde, media hora de proximidad sin interrupciones, sin polillas y sin prisas.

Sorprendido por el reconocimiento de mi mera existencia y casi en éxtasis por la memoria de mi nombre, entablamos una atípica conversación en la que, aparte de las palabras, en el tono y en las miradas, nos reconocimos una mutua envidia.

Yo podría detallar una larga lista de motivos para mi envidia.

Pero, ¿qué podía Blanca envidiar de aquél chaval barbilampiño y balbuciente?
No puedo sino intentar adivinar: el recuerdo de una juventud aún reciente pero tan distante?, la inocencia olvidada por el camino?, la ilusión perdida de un mundo por descubrir?, la simplicidad de una vida con menos presiones y tensiones?,…

Fuese lo que fuese lo que lo provocaba, lo que asomaba a sus ojos fue el mejor aviso que podía recibir en esos juveniles años de incertidumbres y desasosiegos: no te dejes deslumbrar, hay mucha penumbra tras tanto brillo.

Gracias Blanca por aquellos minutos y aquél regalo.

Y a ti, desconocida Blanca Bóveda, que la tierra te sea leve y este penúltimo viaje te lleve a las puertas de otra mejor aventura.

 

En el H. do Barbanza, a 6 de Febrero de 2016.

caminandoalaluz

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