Juana S. G´ta.

Siempre se sintió urbanita.
Los espacios vacíos y especialmente el mar le provocan desazón, náusea e incluso miedo.

IMG_1721Lo cual no tendría que ser tan extraño si no fuese porque Juana es una gaviota.

Y ni siquiera una gaviota cualquiera, sino del ilustre linaje de las G´ta; grandes viajeras y amantes de los espacios abiertos. Aunque ya nadie es capaz de recordar de donde proceden los orígenes de la familia, las leyendas repetidas a favor del viento mencionan ignotos territorios africanos.

– ¿Africa?, de verdad? Es que hay gaviotas en África?

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Juana no lo sabe. Al igual que desconoce muchas otras cosas que oye y que ve, pero que no consigue entender, acerca de barcos, edificios, personas, coches, … Le encantaría tener a quien preguntar, pero parece que las otras gaviotas aún saben menos todavía y, lo que es peor, ni siquiera parece importarles en absoluto nada que no sea el viento, su plumaje y la próxima ración de pescado.

Cuando encuentra alguna gaviota anciana, alguna a la que no conoce, siempre se acerca a charlar un rato con ella, por ver si consigue alguna información nueva…

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Con las jóvenes, en cambio, ni siquiera es aconsejable charlar de nada que no sea viento y plumas, ya que, en el mejor de los casos giran la cabeza y te miran fijamente con un ojo (mientras que con el otro seguro que se hacen guiños entre si) y si el día ha sido frustrante, incluso pueden llegan a expresar a picotazos el poco interés que les suscitan esas cuestiones.

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Sólo una vez a lo largo de su vida conoció a otra gaviota con similares inquietudes y, aunque tampoco tenía respuestas, al menos compartían agradables paseos por la margen del rio o tomaban juntas el sol en un banco de arena, mientras especulaban sobre tantos misterios.

IMG_9846Sólo que una tarde el sol se puso sin que su amigo volviese de su habitual escapada al mar en busca de aire más limpio y pescado más fresco.

  • Ya dije que no me gusta el mar?

Desde entonces, Juana G´ta se dedica a lo que más le gusta:

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volar.

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Particularmente volar entre los edificios de su ciudad, aprovechando las corrientes de aire que el viento provoca en las calles y los remolinos de los cruces.

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Así se pueden trazar largos planeos, acercándose a las paredes hasta rozarlas con la punta del ala extendida. Apurando el espacio para girar en el último segundo, aprovechando la arremolinada fuerza del viento encajonado, esquivando por pocos centímetros las esquinas, los balcones, los tejados, …IMG_9776

Y así fue, día a día, adquiriendo la fuerza en las alas y la destreza en el vuelo que debieron tener sus antepasados, aquellos que hacían las grandes travesías desde África.

Y en las tardes luminosas aprendió a rozar a su fugaz reflejo en galerías y escaparates.
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Y fue prolongando las tardes, aprovechando hasta que los últimos rescoldos de luz tiñen de púrpura el firmamento.
Seguía volando cuando sus congéneres se preparaban para pasar la noche en sus atalayas.

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Descubrió entonces que su reflejo se iba con el sol y que, al cruzar por delante de las mismas ventanas, entreveía fugazmente retazos de otro mundo con luz propia y escenas desconocidas, que se quedaban impregnadas en su retina y pasaban a poblar sus sueños.

Día a día fue prolongando sus vuelos entre luces, captando retazos de ese otro mundo de imágenes fascinantes que atesorar en su almacén de misterios.

Noche a noche descubrió el placer de sobrevolar las calles siguiendo el río de luz

IMG_8431al igual que de día podía seguir la cinta del río de agua.

11bY descubrió también el placer de volar en completa soledad, allá en lo alto, en la oscuridad,  sintiendo solo el aire, sin que nadie la vigilase ni la observase.

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Arriba.

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Cada vez mas arriba.
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Tan arriba que no tenia que preocuparse de obstáculos ni de corrientes imprevistas, solo de no perder la referencia luminosa de la ciudad que, a veces, llegaba a reducirse a poco más que un distante punto luminoso.

El único punto de referencia para volver a sus calles y a su vida.

noche

Comentan algunas personas que echan de menos a una gaviota alocada que siempre parecía a punto de estamparse contra las ventanas, no se sabe si queriendo entrar a través de ellas.

– Creo que no la he vuelto a ver desde la noche del apagón, cuando la tormenta. Y tú?

Boiro, 2016.
46 años de Jonathan Livingston Seagull.

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